LA ESPADAÑA DE LA ERMITA DEL ESPÍRITU SANTO



La espadaña de la ermita del Espíritu Santo encierra una historia de más de cuatro siglos, marcada por la destrucción del primitivo templo en 1599, su posterior reconstrucción y las vicisitudes de las campanas que acompañaron su trayectoria.

Una investigación realizada en 2018 permitió descubrir que la campana actual, dedicada a Jesús, María y José, fue fundida en Palencia en 1906 por Moisés Díaz Santamaría, abriendo nuevos interrogantes sobre el destino de una anterior campana encargada a Londres.

El Fondo Bibliográfico y Documental Manuel Campos recupera este interesante testimonio histórico gracias a la generosidad de Miguel Rodríguez Díaz de Quintana, hermano mayor de la Real Cofradía del Santísimo Cristo del Buen Fin, quien nos ha autorizado a divulgar su intervención del 20 de junio de 2018, pronunciada con motivo del 540 aniversario de la fundación de Las Palmas de Gran Canaria.

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LA ESPADAÑA DE LA ERMITA DEL ESPÍRITU SANTO

Historia de una campana y de un pequeño templo de Vegueta

    El patrimonio histórico de una ciudad guarda, en ocasiones, historias que permanecen ocultas a la mirada cotidiana. Elementos arquitectónicos aparentemente secundarios, como una espadaña o una campana, pueden convertirse en testimonios de acontecimientos, personajes y circunstancias que forman parte de la memoria colectiva.

    Este es el caso de la espadaña de la ermita del Espíritu Santo, situada en el histórico barrio de Vegueta, en Las Palmas de Gran Canaria. Su historia nos conduce desde los difíciles acontecimientos de finales del siglo XVI hasta los talleres de fundición de la España de comienzos del siglo XX, pasando por la intervención de destacadas personalidades de la sociedad grancanaria.

    El relato que presentamos tiene su origen en las palabras pronunciadas por Miguel Rodríguez Díaz de Quintana, hermano mayor de la Real Cofradía del Santísimo Cristo del Buen Fin, el miércoles 20 de junio de 2018, durante el paseo nocturno por la «Vieja Ciudad», organizado con motivo del 540 aniversario de la fundación de Las Palmas de Gran Canaria.

    Desde el Fondo Bibliográfico y Documental Manuel Campos queremos expresar nuestro sincero agradecimiento a Miguel Rodríguez Díaz de Quintana por permitirnos recuperar y divulgar aquella intervención, contribuyendo así al conocimiento y conservación de nuestra memoria histórica.



Una ermita nacida de la reconstrucción

    La actual ermita del Espíritu Santo no fue la primera que existió bajo esta advocación. El templo primitivo se encontraba fuera de la antigua portada de Triana y fue saqueado, incendiado y destruido durante la invasión de la ciudad por las tropas del almirante neerlandés Pieter van der Does, en el verano de 1599.

    Años después, gracias a la iniciativa piadosa de un matrimonio acomodado de Vegueta, se levantó un nuevo oratorio como expresión de reparación y devoción. La construcción quedó aparentemente concluida en 1607.

    Aquel pequeño templo contaba con una espadaña de dimensiones reducidas, destinada a albergar una campana cuya historia acabaría perdiéndose con el paso del tiempo.



La desaparición de la primera campana

    En algún momento de su trayectoria, la ermita perdió su campana original. Las circunstancias exactas de aquella desaparición no han podido determinarse.

    Una de las hipótesis planteadas relaciona su pérdida con los procesos desamortizadores del siglo XIX, durante los cuales numerosos bienes eclesiásticos cambiaron de titularidad o destino. También se ha considerado la posibilidad de que el metal fuera aprovechado para otros usos, entre ellos la fabricación de material destinado a la industria o al armamento.

    Lo que sí recoge el relato es que, cuando la familia Romero Zerpa, propietaria del oratorio, se trasladó a México y donó la ermita al Obispado, su campanario se encontraba vacío.

    Esta carencia obligaba a recurrir a una solución provisional cada vez que las celebraciones religiosas requerían el sonido de una campana: solicitarla prestada al gremio de mareantes, establecido en la ermita de San Telmo.



Una nueva campana y una espadaña demasiado pequeña

    En 1865 fue nombrado mayordomo de la ermita el presbítero Francisco del Castillo-Olivares y Falcón, tío de los hermanos Fernando y Juan de León y Castillo, destacados personajes de la historia de Gran Canaria.

    Los tres, vinculados por parentesco y vecindad a la plaza del Espíritu Santo, decidieron sufragar una nueva campana, que fue encargada a una fundición de Londres.

    Sin embargo, cuando el nuevo bronce llegó a Las Palmas, surgió un problema inesperado: su diámetro era superior al espacio disponible en la espadaña.

    La solución llegó de la mano de otro miembro de la familia, Manuel Ponce de León y Falcón, reconocido artista y vecino de la plaza, quien diseñó una nueva espadaña capaz de alojar la campana.

    El 5 de septiembre de 1867, el mayordomo dirigió una solicitud a la Comisión de Fomento del Ayuntamiento para obtener la correspondiente autorización municipal.

    En aquel escrito se justificaba la urgencia de ampliar el campanario, pues el plazo de préstamo de la campana del gremio de mareantes había vencido cuatro meses antes y sus propietarios reclamaban su devolución para atender sus propias celebraciones, especialmente las festividades marineras.

    De este modo, una necesidad práctica terminó dando lugar a una intervención arquitectónica que ha llegado hasta nuestros días y que forma parte de la imagen característica de la plaza del Espíritu Santo.



Jesús, María y José: el nombre de la campana

    Existe una antigua tradición según la cual las campanas reciben un nombre que queda incorporado al propio bronce durante su fundición.

    Durante mucho tiempo se desconoció el nombre de la campana de la ermita del Espíritu Santo.

    Con motivo de la preparación de la intervención de junio de 2018, Miguel Rodríguez Díaz de Quintana y sus acompañantes accedieron al tejado del templo para examinarla de cerca.

    La inspección permitió descubrir que la campana llevaba fundidos, por este orden, los nombres de Jesús, María y José.

    Bajo el nombre de María aparecía representado en relieve un Cristo crucificado, posiblemente relacionado con la venerada imagen del Santísimo Cristo del Buen Fin, entronizada en la ermita.

    La decoración se completaba con una artística composición de racimos de uvas, que aportaba un singular valor ornamental a la pieza.

    Pero aquella visita iba a proporcionar una sorpresa todavía mayor.



Una campana fundida en Palencia en 1906

    El examen directo del bronce permitió identificar una inscripción que modificaba lo que hasta entonces se conocía sobre su procedencia.

    La campana no correspondía a la pieza encargada a Londres en el siglo XIX. Según la inscripción observada, había sido fundida en Palencia en 1906 por Moisés Díaz Santamaría, prestigioso artesano natural de Cantabria y establecido en aquella ciudad castellana.

    Díaz Santamaría pertenecía a una conocida estirpe vinculada a la relojería y a la fabricación de campanas, y su actividad dejó testimonios en numerosos templos.

    La documentación biográfica consultada por los investigadores recogía expresamente la campana del Espíritu Santo y relacionaba con el mismo fundidor otras piezas destinadas a diferentes localidades de Gran Canaria.

    Entre ellas figuraban campanas de Santa María de Guía, Gáldar, la iglesia de San José de Fataga, San Isidro de Bañaderos, el Sagrado Corazón de Teror y la Virgen de la Cuevita de Artenara.

    La campana del Espíritu Santo aparecía identificada mediante la referencia numérica 1371-A.

    Una circunstancia llamó especialmente la atención: mientras que en la documentación de otras campanas realizadas por este fundidor en la Península se recogían habitualmente su peso y diámetro, estos datos no figuraban en la referencia correspondiente a la pieza enviada a Gran Canaria.



El misterio de la campana londinense

    El descubrimiento de la procedencia palentina de la campana actual abrió un nuevo interrogante histórico.

    ¿Qué ocurrió con aquella campana encargada a Londres y sufragada por Francisco del Castillo-Olivares y los hermanos León y Castillo?

    ¿Se deterioró? ¿Fue retirada, vendida o sustraída? ¿Acabó instalada en otro templo?

    Por el momento, no existe una respuesta documentada.

    La cronología permite plantear una hipótesis: la instalación de la campana fundida en 1906 pudo estar relacionada con la presencia de la Compañía de Jesús en la ermita, cedida por el Obispado a los jesuitas en aquella época.

    Sin embargo, esta posibilidad continúa siendo una conjetura que requiere nuevas investigaciones documentales.



Un patrimonio que merece ser conocido

    La espadaña de la ermita del Espíritu Santo es mucho más que un elemento arquitectónico que corona uno de los rincones más representativos de Vegueta.

    Su historia reúne episodios de destrucción y reconstrucción, iniciativas de generosidad privada, intervenciones artísticas y vínculos comerciales entre Gran Canaria, Londres y la Península.

    La campana que hoy ocupa su lugar constituye, además, un testimonio material de la tradición artesanal de los fundidores y de la estrecha relación entre el patrimonio religioso y la vida cotidiana de la ciudad.

    Gracias a investigaciones como la relatada por Miguel Rodríguez Díaz de Quintana, estos pequeños fragmentos de nuestra historia recuperan su significado y pueden transmitirse a las generaciones futuras.

    Desde el Fondo Bibliográfico y Documental Manuel Campos reiteramos nuestro agradecimiento a Miguel Rodríguez Díaz de Quintana, hermano mayor de la Real Cofradía del Santísimo Cristo del Buen Fin, por su generosidad al autorizarnos a compartir las palabras pronunciadas aquel 20 de junio de 2018.

    Recuperar, conservar y difundir estos testimonios es también una manera de proteger nuestro patrimonio y de mantener viva la memoria de Las Palmas de Gran Canaria.


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