FUGA FRUSTRADA A VENEZUELA
La verdad sobre el Corredera por Alfonso Calzada Fiol Edita Inforcasa Colección Canarias 7 (1989)
Tras una década burlando el cerco en los montes de Gran Canaria —después de que el miedo y la captura de su compañero «Casimiro» frustraran en 1948 su huida clandestina hacia Venezuela a bordo del Andrés Cruz—, el destino de Juan García Suárez, «el Corredera», quedó sellado en mayo de 1958. Capturado y gravemente herido en La Culata, fue conducido al Hospital San Martín, donde, atado a los barrotes de una cama de hierro y apenas sosteniendo el aliento, comenzó a enfrentarse a los primeros interrogatorios de la justicia militar.
Poco después, la súplica desesperada de su hermano Antonio llevó al letrado Alfonso Calzada Fiol a aceptar una causa casi imposible. En el frío locutorio de la prisión, tras unas rejas desnudas y miradas cargadas de desconfianza, comenzó a tejerse entre el fugitivo y su defensor un vínculo inquebrantable de lealtad humana. Juan, defendiendo en todo momento que sus actos nunca respondieron a fines políticos ni terroristas, fue desnudando su dignidad ante un abogado empeñado en salvarlo.
La causa sacudió las conciencias de la sociedad canaria, uniendo a juristas, intelectuales y ciudadanos de toda índole en un clamor solidario. Pero el respaldo más insólito llegó a las puertas del propio bufete con la visita inesperada del obispo Antonio Pildain y Zapiain: conmovido y desafiando toda costumbre, el prelado puso a disposición de la defensa la influencia del Palacio Episcopal para pelear a contrarreloj, semana tras semana, por la vida de un hombre desvalido que caminaba inexorablemente hacia el banquillo y la sombra de la pena capital.
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Décimo primero de los “entresacados”
FUGA FRUSTRADA A VENEZUELA
A Juan García Suárez el “Corredera”, se le siguieron a raíz de la captura dos procedimientos judiciales, uno, por Juzgado de Instrucción de Telde, que incoó el correspondiente sumario por los hechos ocurridos en la Culata el 11 de mayo de 1958; el otro, el nº 25/48 de la Jurisdicción Militar, que se encontraba activando después de la condena de “Casimiro”, y el de Rosa Bordón, en cuyas actuaciones estaba declarando Juan en rebeldía.
El 11 de mayo, lo reconoció en la Casa de Socorro de Telde el médico de guardia, certificando:” Se observó herida por arma de fuego como edificio de entrada y salida en región clavicular derecha, comprobable factura de la clavícula de la misma”. Fechado Telde a las 20:00 h del día anteriormente indicado.
En el hospital San Martín pone instalado el “Corredera” en una sala común. Fue desnudado y se le ató la mano sana a uno de los barrotes de la cama de hierro. El cuadro clínico era grave y Juan pedía con insistencia que le dieran agua: Una monja empapaba un paño y se lo pasaba repetida a veces por los labios.
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El día 12 de mayo “declaraba” en la cama del Hospital, rodeado de tubos, alimentado con suero y en condiciones psíquicas y físicas muy precarias. Se van a practicar los últimos toques al atestado, para entregarlo al día siguiente a las nueve de la mañana al Juzgado de Instrucción de Telde y al Militar Permanente.
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La realidad es que el denominado “barco de la langosta” no salió del Puerto de Las Palmas el día previsto. El “Corredera”, sin embargo, estaba citado en la playa de Tufia para ser recogido por otro barco de pequeño tonelaje llamado “Andrés Cruz”. Juan García se arrepintió a última hora y no acudió a la cita. El barco, después hacer escala en Dakar, logró llegar con quince personas a bordo a Venezuela, entre ellos una mujer y dos niños.
El 5 de julio de 1948, se informó de todos estos extremos al Gobernador Civil, aclarándose que el barco solo podía haber recorrido unas 400 o 500 millas, lo que haría posible aún su localización partiendo de alguna de las bases españolas de África Occidental por ejemplo la Agúera.
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A Juan García Suárez le asaltaron mil dudas para decidirse a embarcar en el “Andrés Cruz”. La captura de “Casimiro” ocurrida poco antes de las fechas señalada para el embarque, fue determinante para desistir de su empeño a última hora. Los pasajeros del barco tuvieron verdadero pánico, ya que hubo un retraso 48 horas que les obligó a pasar estos dos días en sus casas y llevar aparejado el peligro que significa ser detenido. ante de zarpar.
“Corredera decidió permanecer en los montes de Gran Canaria.
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El carnicero me amenazó con un cuchillo
El martes, 20 de mayo me visitó en mi despacho José Oliva, taxista de Telde acompañado de Antonio García Suárez, para que me encargara de la defensa de Juan.
Antonio de unos cuarenta y pocos años era muy tímido y le costaba mucho hablar. En la boca tenía un rictus especial que daba la impresión de estar siempre sonriendo. Era delgado y nervioso, dando continuamente vueltas a su boina con las manos.
Oliva se marchó y quedó en volver al cabo de unas tres horas. Antonio, me fue contando, lentamente, toda la historia de la de la captura. Insistía en que el guardia jurado conocía perfectamente a Juan y eran amigos, por lo que no entendía lo que pasó aquel día.
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Cuando terminó, le contesté que yo tenía que saber antes que nada si estaba actuando ya otro abogado, contestándome: A mi hermano lo defiende el que yo diga.” Le indiqué que tenías que subir a la prisión y pedir permiso al director para hablar con Juan y que además todo dependía del estado en que se encontrara.
José Oliva regresó puntualmente y Antonio contestó conmigo una nueva entrevista para luego de ciertas gestiones que yo realizaría, vernos en la entrada de Barranco Seco.
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D. José Vargas, dio las ordenes pertinentes. A los pocos minutos, se acercó caminando lentamente hacia las rejas del locutorio, un hombre de mediana estatura en el brazo derecho en cabestrillo y gesto de profundo dolor: sus ojos tenían una mirada profunda y muy desconfiada.
-Muy buenas, le dije, ¿cómo está usted?
- Tanto gusto en conocerlo. Lo que diga mi hermano Antonio es lo que quiere, pero me interesa saber cómo es usted, cómo piensa y qué opina de mí.
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Con el tiempo, “El Corredera” fue descubriendo su inquebrantable concepto de la amistad. Así fue cómo se llegó a un total acuerdo para afrontar la difícil defensa que tuvo como base la mutua confianza, fortalecida día a día, a través de los diálogos sostenido durante año y medio en un locutorio sin puertas ni cristales, separados por unas rejas.
Con el tiempo, “El Corredera” se convirtió en una persona locuaz, capaz de transmitir lo que sentía y pensaba a los que dispararon, por pura simpatía, una entrega desinteresada, en todo instante correspondía. El hombre introvertido y huidizo, fue ganando la confianza de los funcionarios y de ciertos presos de los que compartió sus inquietud y anhelos.
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El 4 de junio de 1958, el Teniente Coronel Juez del Juzgado Permanente, me comunica que he sido designado abogado defensor de la causa 25/48, seguida contra el paisano Juan Sánchez Suárez (A) “El Corredera”, por dos presuntos delitos de asesinato.
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El Teniente Coronel Massanet preguntó: - ¿A qué obedeció su decisión de matar a a Vicente Trujillo y posteriormente al Guardia Municipal?
-Nunca pensé darle muerte y menos por cuestiones políticas actos de terrorismo, ya que permanece oculto desde el que empezó la Guerra Civil sin que tuviera contacto algunos con elementos subversivos o contrarios al Régimen, ni llevé a cabo acción alguna contra el mismo. La muerte de Vicente tuvo lugar conforme a la declaración que deseo hacer a continuación:
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El juicio
Fueron muchas las personas que desinteresadamente trataron de ayudar a Juan, aportarle sus conocimientos o trasmitiendo sugerencias y consejos para que el resultado final fuera el mejor.
Luis Benites Inglott, Fernando Hernández González “Franito”, Enrique Boisseri Martínez de Escobar, José M.ª Palomino Parrado, Ambrosio Hurtado Mendoza, Luis Meza Suárez, Antonio Limiñana López, Carlos Romero Mauricio, Manolo Padrón Quevedo, Rafael OShanahan, Pablo Bolañas, Luis Martínez Carvajal.
Así fueron desfilando ante mi, personajes de distinta forma de pensar, tanto en lo político como en religión, perteneciente a sociedad canaria, desde entonces de diversa posición económica, cultural y profesional.
Mención aparte, merece la ayuda del Obispo D. Antonio Pildain y Zapiain.
Un día cuando mi compañero y yo íbamos a abandonar el despacho de la casa Malteses, nuestro empleado, muy nervioso, nos dijo que había parado un taxi en la puerta y que venía el señor Obispo. Nos quedamos anonadados. Lo habíamos visto y oído frecuentemente y en ese instante no pensamos que fuera capaz de venir a nuestro bufete.
Explicó que nunca solía entrar en casas particulares o profesionales y sí había decidido venir era porque quería contribuir, a toda costa la salvación de una vida humana, sobre todo teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde que había acabado la guerra civil y por las matizaciones políticas que se intentaba dar al caso.
Dijo que tantas veces cuantas veces fuera necesario verlo para, cualquier gestión relacionada con “-------- este hombre pobre, “------- me tiene usted, mi querido abogado, en Palacio a su entera disposición” y dirigiéndose a su Paje Rafael Vera Quevedo: “------ no te olvides Rafael, a la hora que sea”
A partir de ese día, me entrevisté con D. Antonio, una vez por semana como mínimo. Al principio acompañado por mi padre, buen amigo Monseñor, y cuando el Consejo de Guerra dictó sentencias condenando a muerte a Juan, y entrañable compañero Fernando Sagaseta, me pidió que lo presentara para contribuir a las gestiones.
D. Antonio Pildán, me impresionó por su poder de convicción; su facilidad de palabra, empleando en todo instante la palabra justa y precisa; su humildad y sencillez; su dedicación a los desvalidos; y precisa; su humanidad y sencillez; su dedicación a los desvalidos la confianza que daba y, por encima de todo su seguridad y valentía.
Con estos antecedentes estaba, ya señalado Juicio Oral en la Audiencia Provincial al ver y fallar los sellos ocurridos en La Culata. cuando Juan fue detenido.
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Mi agradecimiento póstumo a Alfonso Calzada Fiol por la valentía de su relato y por la precisión con la que reconstruye estos episodios tan determinantes; su trabajo es una brújula necesaria para entender nuestra historia.
Fdo. Manuel Campos Gómez
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Información de interés:
Análisis según la RAE del término "entresacado".
La palabra entresacado funciona como el participio del verbo entresacar. Según la RAE, este verbo transitivo tiene dos acepciones principales:
1. "Sacar algo de entre otra cosa": Es el sentido que le damos en las publicaciones de nuestro blog en el texto, refiriéndote a extraer fragmentos específicos de un libro.
2."Aclarar un monte, cortando algunos árboles, o espaciar las plantas que han nacido muy juntas": También se usa mucho en peluquería (entresacar el cabello para quitar volumen).







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