El Santísimo Cristo de Telde: una historia entre dos orillas
Hay imágenes religiosas cuya historia parece pertenecer a un lugar concreto, y otras que, de algún modo, contienen un mundo entero. El Santísimo Cristo de Telde pertenece a esta segunda categoría. Custodiado en la Basílica de San Juan Bautista, en el histórico barrio de San Juan, el Cristo no es únicamente una de las grandes devociones de Telde: es también una pieza excepcional de la historia del arte, un testimonio de las relaciones entre Europa y América.
Su presencia en Telde puede situarse aproximadamente entre 1550 y 1555, en un momento muy temprano de la conexión entre Canarias y el Nuevo Mundo.
No sabemos con absoluta precisión cómo realizó el viaje, quién la encargó o quién la embarcó, pero su aparición en Canarias pertenece a ese intenso periodo en que personas, mercancías, conocimientos y objetos artísticos cruzaban continuamente el océano.
Procede de la Nueva España, probablemente del área de Michoacán, en el actual México. Durante mucho tiempo se consideró que había sido realizado por indígenas tarascos o purépechas, tradición artística especialmente conocida por sus imágenes religiosas elaboradas con materiales ligeros.
Más tarde, los estudios del historiador mexicano Manuel Estrada Jasso relacionaron la obra con el escultor Matías de la Cerda. La restauración de 1998 aportó nuevos argumentos a esta hipótesis.
En realidad, lo más fascinante de la pieza quizá sea precisamente que su historia no puede explicarse desde una única tradición. En ella confluyen la iconografía cristiana europea, la experiencia escultórica de los artistas llegados a América y los conocimientos técnicos de los pueblos indígenas de Michoacán.
El resultado es una escultura de casi 1,80 metros de altura que pesa, sorprendentemente, alrededor de 6,5 kilos.
La razón está en su construcción.
El Cristo no es una talla convencional, sino una imagen ligera elaborada mediante un complejo sistema de armazones, cañas, papel, telas, fibras vegetales, maderas blandas, engrudos y otros materiales.
La llamada imaginería en caña de maíz permitió producir imágenes monumentales extraordinariamente livianas, algo especialmente útil para su transporte y para su utilización en actos de culto y procesiones.
Su aspecto exterior es el de un Cristo muerto en la cruz. La cabeza se inclina hacia un lado, el cabello cae a ambos lados del rostro y la anatomía, estilizada y expresiva, muestra las heridas de la Pasión. La policromía acentúa la presencia de la sangre y de la herida del costado. La contemplación frontal parece haber sido especialmente importante, pues la parte posterior presenta un tratamiento menos elaborado. Todo en la imagen está pensado para provocar una respuesta emocional: dolor, serenidad, compasión y solemnidad.
A lo largo de los siglos, esa respuesta se transformó en una relación profundamente cercana entre la imagen y los habitantes de Telde.
El Cristo ha recibido numerosas advocaciones:
Santísimo Cristo de Telde
Santo Cristo de las Misericordias
Santo Cristo de las Aguas y Santo Cristo del Altar Mayor
También aparece en algunas fuentes como Santo Cristo del Atlántico.
En el lenguaje popular se le ha llamado, además, “Amparo del Navegante”, “Consuelo del Agricultor”, “de Telde la Joya” o “el Bien Mejor”.
No son simples nombres. Cada uno cuenta una parte de su historia.
El Cristo de las Misericordias expresa la función de intercesor que adquirieron tantas imágenes religiosas en las sociedades del Antiguo Régimen. Cuando llegaban las enfermedades, las sequías, las malas cosechas o cualquier otra calamidad, la comunidad acudía a la imagen.
En una sociedad agrícola como la antigua Telde, el agua tenía una importancia que hoy resulta difícil imaginar. La lluvia podía decidir el destino de una cosecha y, con ella, el bienestar de numerosas familias. De ahí surgió la advocación de Cristo de las Aguas y la tradición de las rogativas.
La primera procesión de la que existe constancia documental se sitúa en 1763, aunque esto no significa necesariamente que no hubiera otras anteriores cuya documentación se haya perdido.
La relación entre el Cristo y su comunidad quedó también grabada en su propia cruz.
La cruz actual, realizada en tea y posteriormente revestida de plata, conserva una inscripción vinculada a las limosnas de los vecinos y fechada en 1704. Es un detalle pequeño pero revelador: la comunidad no solo veneraba la imagen, sino que contribuía materialmente a mantenerla y enriquecer su culto.
La devoción, sin embargo, también dejó huella física. Durante generaciones, los fieles tocaron, besaron y acariciaron las manos y los pies del Cristo. Algunas prácticas llegaron a incluir flores, plantas o pequeños objetos que se frotaban contra la imagen.
Desde el punto de vista de la conservación, estas costumbres provocaron desgaste y pérdida de policromía. Desde una perspectiva antropológica, cuentan algo quizá todavía más importante: la enorme proximidad que existía entre el Cristo y quienes acudían a él.
La historia de su conservación incluye diversas intervenciones.
En torno a 1942 se realizó una actuación relacionada con Pedro Hernández Benítez y el artista José Arencibia Gil, en un momento en que la imagen sufría problemas asociados, entre otras causas, a insectos xilófagos.
Décadas después, la restauración de 1998 permitió estudiar científicamente su estructura y reveló fisuras, roturas, pérdidas de soporte, suciedad, ceras, elementos metálicos y huellas de intervenciones anteriores. Aquella restauración fue mucho más que una operación estética: se convirtió en una investigación sobre la propia identidad material de la imagen.
Según la leyenda, la imagen apareció en la costa de Telde, en el entorno de Bocabarranco, después de una tormenta. Un pastor habría descubierto la escena y avisado de su presencia.
La historia ha sobrevivido durante generaciones y forma parte inseparable de la memoria local.
No hace falta decidir si la leyenda es “verdadera” para reconocer su valor: explica cómo una comunidad imaginó y transmitió el origen de una imagen cuyo viaje real por el Atlántico se ha perdido en parte.
Por eso resulta tan sugerente la denominación de Santo Cristo del Atlántico. El Cristo llegó desde la Nueva España y terminó convirtiéndose en una de las principales referencias religiosas de una ciudad canaria profundamente vinculada al océano. “Amparo del Navegante” y “Consuelo del Agricultor” resumen, además, dos dimensiones esenciales de la antigua Telde: el mar y la tierra.
Durante el siglo XX la tradición de las bajadas experimentó una transformación importante. En tiempos del obispo Antonio Pildain y Zapiain, entre 1936 y 1966, la bajada anual vinculada a las fiestas de septiembre quedó consolidada como una celebración periódica, no únicamente como respuesta ante una calamidad.
En el año 2000, con motivo del Año Jubilar, el Cristo salió excepcionalmente de Telde y permaneció alrededor de ochenta días en la Catedral de Canarias, en Las Palmas de Gran Canaria, protagonizando además un multitudinario encuentro con la Virgen del Pino.
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Agradezco a Betsaida González Delgado su aportación para publicar en el Fondo Bibliográfico y Documental Manuel Campos.






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