La verdad sobre el Corredera por Alfonso Calzada Fiol

 

La verdad sobre el Corredera por Alfonso Calzada Fiol

Edita Inforcasa Colección Canarias 7 (1989)

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Introducción: El hombre tras el mito

A veces, la historia de un territorio no se escribe solo en los despachos, sino en los barrancos y en el silencio de quienes caminan huyendo de su propio destino. La figura de Juan García Suárez, conocido por todos como "El Corredera", trasciende la crónica negra para convertirse en un símbolo de la resistencia y la tragedia de la posguerra en Canarias. A través de la mirada de Alfonso Calzada Fiol, nos sumergimos no solo en un proceso jurídico, sino en el drama humano de un hombre que, tras años de clandestinidad, se enfrentó al veredicto final de una época convulsa.

Relatar la identidad de "El Corredera" no es un ejercicio de revanchismo, sino un acto de justicia histórica. Calzada Fiol nos invita a realizar un viaje retrospectivo hacia la Telde de 1936, un escenario marcado por fracturas sociales y políticas que marcarían a fuego la vida de Juan. No se trata de señalar culpables entre los descendientes de aquel tiempo, sino de comprender el engranaje de una sociedad que hoy nos parecería irreconocible en su rigor y sus silencios.

Con el paso del tiempo, he vuelto a releer el libro de Alfonso  Calzada Fiol, que en su momento me impactó, toda una leyenda de un fugitivo con una muy dura realidad, hoy, me sigue impactando.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento al autor por su valiosa contribución y por la extraordinaria claridad con la que ha plasmado este capítulo fundamental de nuestra historia. Su trabajo permite que las nuevas generaciones comprendan la complejidad de nuestro pasado con sensibilidad y rigor.



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Expongo algunos entresacados del libro:

    Dice Alfonso Garza Fiol, dar a conocer la verdadera identidad de Juan García “El Corredera” no pretende abrir heridas o comentar récores: ¡Eso ya pasó! Es cumplir un deber histórico y jurídico. Por eso se comprenderá que aunque conozca nombres y apellidos de personas que fueron autores de tropelías, me decida a omitirlos, porque entiendo que sus hijos, nietos o familiares, no tienen por qué pagar las culpas de sus antecesores.

    Igual acontece con aquellos que intervinieron en el Consejo de Guerra que condenó a Juan a la última pena.

    Extrañará, tal vez, que haga referencia a la Guerra Civil y aborde temas que afectan al enfrentamiento fratricida. Ello está en función de lo que fueron en aquella época las Islas Canarias, Gran Canaria, Las Palmas y para salirnos a Juan García Suárez, concreta y especialmente, la ciudad de Telde. Lo que ocurrió en aquellos tiempos, ya lejanos, afectaron directamente al luego sería ejecutado en la Prisión de Barranco Seco. Todo bien escalonado íntimamente conectado con la vida del personaje.

    Sería necesario, por tanto, que nos pudiéramos retrotraer al año 1959 y comprender que nuestra Isla era distinta en todas las aspectos: Urbanismo, Política Economía, Orden Público, Sociedad, Religión; etc.., y dentro de esta época, configurar con el contexto que con que la rodeaba. De esta forma podríamos saltar hacia 1936 y contemplar, imbuyéndonos el espíritu imperante, en la sociedad existente hoy carente de algarabía, …

    Se comprenderá, una vez operado el cambio brusco, cuál era el ambiente en el que se desenvolvía la vida de Juan García de 1936 a 1959, y como en este último año, el Presidente del Consejo de Guerra, pudiera advertirme a baja voz que me limitarán a leer el Escrito de la Defensa.

    Por último, ratificar como testigo de la ejecución de una Pena de Muerte, mi tajante oposición a ella, por entender que al margen de acontecimientos que se viven, no puede el Estado poner en práctica, precisamente lo que quiere castigar: premeditación, alevosía, nocturnidad, saneamiento, etc. porque se convertiría, exactamente, en ejecutor de lo que pretende condenar.


I Juan, “El Nuestro”

    “No llores por mí, sabes que muero y no puedo hacer nada; pero mira esa flor, la que está secando. y te digo que la riegues.” Alekos Panagulis


    El capellán de la Prisión Provincial se revestía para comenzar la misa que los Domingos decía a los reclusos. Dos presos le ayudaban. El acto era obligatorio para todos. Muchos, lo hacían a regañadientes y se veían precisados hacer expectadores de algo que nada significaba para ello, para no ser molestados y no ofender al cura a quien apreciaba mucho.

    D. Antonio Gómez Serrano, pronunció la homilía y pocos se sorprendieron cuando manifestó que pronto llegaría la hora en que el Supremo Hacedor vendría a juzgar a cualquiera de los presentes. Habrá que estar preparados y bien gracias a Dios para bien morir.

    Juan charlaba con sus mejores amigos y, al cabo de un rato, se separó de ellos para hablar con el cura. La mañana transcurrió como cualquier domingo, aunque, imperceptiblemente, se palpaba un ajetreo distinto y unas vibraciones muy acelerada en todo el recinto.

    A la hora de la comida, los más silenciosos parecían locuaces; los más habladores, callados. Se notaba también que los funcionarios estaban muy serios y más benévolos que de costumbre.

    Así discurría lentamente aquel domingo 18 de octubre de 1959 en el Centro Penitenciario de Barranco Seco.

    Era sobre el mediodía de este domingo. Hacía un calor sofocante. Me encontraba absorto bajo la sombra de un arbolillo, cuando lejos divisé una furgoneta que serpenteaba el polvoriento camino. No le di mayor importancia, pero, a medida que se acercaba vi, bien interior, a un teniente y dos militares más. El vehículo paró. Nervioso, Salinas me dijo a mí:

    - ¿Pero dónde coño te metes? Te estamos buscando desde esta mañana. --No contesté y le dirigí una mirada interrogante. El oficial alzando la voz, prosiguió.

    - ¿No sabes que mañana muy temprano van a ejecutar a tu cliente?

    - ¿Cómo?




    ... Apenas comí, así rápidamente me trasladé al Gobierno Militar. El juez instructor, Damián Masanet Plomer, ya estaba en su despacho pálido, y cariacontecido. No pronunció palabra.  No pronunció palabra. Me extendió su mano. Algunos soldados escribían a máquina, otros acercaban papeles y documentos oficiales que colocaban sobre su mesa. El juez tardó varios minutos en reaccionar. Rompiendo las hay de citación dijo:

    ¡Qué se le va a hacer, hijo, qué se le va a hacer! Nosotros hemos hecho todo lo posible para impedir esto. ¡Qué le vamos a hacer!


    ... El Teniente Coronel   Juez Instructor, ladeó la cabeza y se despidió. Una profunda tristeza nos embargaba a todos.

    Don Antonio de Pildain y Zapiain, Obispo de la Diócesis de Canarias, se había trasladado desde el Palacio Episcopal al viejo Seminario situado en la calle Dr. Chil junto a la Iglesia de los Jesuitas.

    Desde que se enteró de la noticia, transmitió directamente por Alfredo Erquicia Aranda, Capitán General de Canarias, había decidido instalarse en el Seminario durante todo el día, para estar junto al teléfono del que carecía en Palacio.


    ... ¡Mi querido abogado, que nos fusilan a este hombre! Hay que impedirlo como sea aunque lo veo dificilísimo. No entiendo cómo en este momento se puede cometer tamaña aberración. ¡Es un disparate! No nos han hecho caso, pero por mí, que no quede. intento convencer al Capitán General para que se aplace la ejecución. Le digo que llama a Madrid al Pardo, a donde sea y que lo intente por todos los medios.

    Unos segundos y sonó el teléfono. Rafael Vera, el Paje, se dirigió al Obispo y le comunicó que era el Capitán General en persona.


    ... El Obispo que había hablado de pie, se desplomó en el sillón. Estuvo unos minutos sin pronunciar palabra y, al final dijo:

    - ¡Solo nos queda rezar por Juan y conseguir que tenga una buena y cristiana muerte. Yo estaré esta noche allí. Soy el hombre viejo, pues es mi obligación y además me considero su amigo: El Capitán General me ha dicho que nada puede hacerse ya, ha movido todo lo que ha podido e intentará comunicar con el Ministerio del Ejército por si consigue algo positivo!


    ... Todos los involucrados en el asunto, por unos u otros motivos, recordáramos los hechos que ya parecían lejanos, pero, que en aquel tétrico domingo de octubre, volvieron a actualizarse.

    Juan, a pesar de ser muy introvertido, hablaba esa tarde con el cura de su infancia y sus hechos que habían ocurrido en Telde ciudad muy dividida en los tiempos anteriores a la guerra civil.

    Hizo repaso de su niñez y de su juventud, ajeno por completo lo que al cabo de unas horas le iba a suceder. Recordó desde el principio su vida tan azarosa y desgraciada.


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    Lo que hoy compartimos es solo el comienzo de un relato necesario. En las próximas semanas, seguiremos desgranando nuevos "entresacados" de esta obra fundamental, recorriendo paso a paso la vida de El Corredera tal como la narró Alfonso Calzada Fiol. 

No te pierdas las siguientes entregas para completar el retrato de una leyenda que marcó a toda una generación.


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    Información de interés:

    Análisis según la RAE del término "entresacado".

    La palabra entresacado funciona como el participio del verbo entresacar. Según la RAE, este verbo transitivo tiene dos acepciones principales:

    1. "Sacar algo de entre otra cosa": Es el sentido que le damos en las publicaciones de nuestro blog en el texto, refiriéndote a extraer fragmentos específicos de un libro.

    2."Aclarar un monte, cortando algunos árboles, o espaciar las plantas que han nacido muy juntas": También se usa mucho en peluquería (entresacar el cabello para quitar volumen).

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