EL LIBRO Y EL LIBRERO


    Recientemente y después de buscar y buscar, un buen amigo me hace llegar este coqueto libro que ya por su años, está descatalogado, EL LBRO Y EL LIBRERO.

    Editado por Espasa-Calpe S. A (Talleres tipográficos de Editorial Espasa-Calpe, S. A.) en Madrid del año 1953 con motivo de la fiesta de los Libreros de Madrid el viernes 12 de diciembre del año de 1952 de treinta páginas.

    El homenaje que los libreros madrileños ofrecieron a doctor Marañón, siguiendo la costumbre de festejar periódicamente a algún escritor conspicuo, dio lugar a que el festejado pronunciará el discurso que ahora se publica. Delicadamente conseguía el ilustre escritor que recayeran en el gremio que dedicaban aquel acto su admiración elogios que constituían un auténtico panegírico de nuestra actividad profesional.

    Espasa Calpe, al publicar este admirable discurso, rinde al mismo tiempo su homenaje al autor antonomásticamente de la Casa y a la profesión y comercio de los libreros, a quienes esta publicación va especialmente dirigida.




Para este caso, será de dos partes, ahora damos a conocer la primera.
Entresaco del contenido del libro...


HOMENAJE AL LIBRO

    Esta fiesta que periódicamente organizan nuestros amigos los libreros y que dedican, de tiempo en tiempo, a un escritor no es homenaje al escritor elegido entiéndase bien, sino homenaje al libro.

    El escritor que se sienta en la presidencia, es sólo un ponente del homenaje al libro; o si queréis, el pequeño, el mantenedor de unos Juegos Florales dedicados al libro; Juegos Florales no pomposos, sin Corte de Amor y, además, breves: porque dónde el libro esté, sobra lo superfluo y la retórica se tiñe de inevitable discreción.

    Así, pues, voy a dedicar un sucinto elogio al libro, que como inviable reina de la fiesta nos preside. Pero también, y antes, al librero.


ELOGIO DE LA GENTE DEL LIBRO

    Es cierto que esto último, en elogio del autor al librero, no es cosa frecuente. Todos sabéis que hay una gran antología de invectivas de los libreros, entre las que figuran las que por boca el Licenciado Vidriera le dedicó Cervantes. Se me diría que entonces se llamaba librero al editor y hoy no son la misma cosa. Pero yo también extiendo mi amor y mi elogio al editor. Todo lo que rodea el libro está impregnado, aún cuando no sea perfecto, de un aliento distinción y de seguridad. Hay en el mundo de la creación del libro, claro es, entre mejores y entre no tan buenas. Gentes protervas, nunca, Todas ellas respiran un aire de comprensiva fraternidad, desde el cajita hasta el corrector, hasta cuando en éste se adivina la alegría al poder marcar con su lápiz una falta nuestra, alegría especial si el autor pertenece a la Real Academia de la Lengua.

 
ENVIDIA Y ALABANZA DEL LIBRERO

    Y, particularmente, el librero, ¿Quién no ha sentido alguna vez la más noble y profunda envidia, en la tienda un librero?  Hablo sobre todo el librero por vocación, el que ha hecho de su tienda su biblioteca, o la tienda de su biblioteca y vive entre los estantes, valorando amorosamente cada volumen y cuidándolos como a los hijos de sus entrañas. ¿Cómo queriéndolos así no va a pedir por sus libros todo el dinero que pueda? Aquí hay muchos libreros que han tenido trato conmigo, si conoces mis aficiones y las excitan con sus capciosas ofertas; y me han visto entrar en su tienda y serenar mis afanes con solo acariciar los libros codiciados.

    El librero, piensa uno, es el prototipo de la felicidad. Pertenece a una de las raras categorías de mortales en las que la divina maldición de ganar el pan con su esfuerzo y sudor, se ha convertido en una fruición. Hasta la emigración de sus amados libros está compensada con el consuelo de saber que su futuro destino será, probablemente, egregio, instruyéndole o deleitando a gente desconocidas y reposando acaso en los Palacios más insignes. Escrito está en un periódico de Estados Unidos, en un interviú que tuvieron la ocurrencia de hacerme, que, el preguntarme el periodista lo que yo hubiera querido ser, de no haber nacido médico, contesté sin vacilar: librero, librero de libros raros.  Oficio que tienen toda la delicadeza de una elevada artesanía y todas las complicaciones de una finísima ciencia.

    Pero aunque el librero no fuera tan excelente como es, aunque, en verdad, algunas veces no sea como yo lo he pintado, todo se perdería por el hecho de poner su ingenio y su esfuerzo, y así es preciso sus mañas, en la difusión de la obra maestra del genio humano, es decir, el libro.

 


NO HAY LIBRO MALO

    Del libro se han dicho ya todos los elogios y a mi corta inventiva no le queda nada que añadir; pero, a trueque de repetir lo que, mejor que yo, han dicho los demás, reflexionemos unos minutos sobre lo que es y sobre lo que representa un libro.

    Yo suscribo, ante todo, la sentencia de Plinio, popularizada entre nosotros por Cervantes, de que no hay libro malo que no tenga algo bueno. Pero más allá; yo diría que enteramente malo no hay ningún libro. Por lo menos yo no he encontrado, a pesar de mi voracidad del lector. Cierto que los gobiernos y los moralistas tienen que hacer uso, a veces, del índice prohibitivo y la censura; pero se trata siempre de medidas transitorias, encaminadas a devolver la salud de la agitada Humanidad.

    El que el médico prohíbe a un paciente los dulces o el roast-beef no quiere decir que esos alimentos sean malos sino que hay personas a quienes les hacen mal ……. Porque los libros no se escriben para los enfermos sino para los sanos, parar la ancha y eficaz Humanidad creadora de la civilización que todos los dirige y los aproveche.

    El libro vence siempre al recelo los puritanos. Y así, cuando, por ejemplo, releemos hoy los índices inquisitoriales de hace tres siglos, nos llena de ternura el pensar que aquellos libros que se creyeron malos no eran casi nunca, y que hoy podemos leerlos, y hasta en los conventos se ven con la conciencia en paz; y lo leemos con un amor redoblado, en el que hay mucho desagravio y de contrición.


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