EL LIBRO Y EL LIBRERO -segunda parte

 


Entresaco del contenido del libro...

EL LIBRO SUBVERSIVO

    El libro verdaderamente disolvente e inmortal, el libro fundamentalmente impío, no ha sido nunca invención creada para perturbar a la sociedad en que brotó. Han sido siempre, por el contrario, productos de los males de esa sociedad, expresión de un estado anormal o subversivo, que cuando alcanza una determinada densidad, cristaliza en muchas cosas y, entre ellas en el libro.

    El libro malo es siempre un epílogo de la maldad colectiva y nunca su creador. Es muy cómodo, al crítico o al moralista, decir que la culpa de lo que pasa es de los libros. Esto es el consabido criterio de tomar el rábano por las hojas, que en el fondo significa un modo de eludir la propia responsabilidad. Sería muy fácil, si no estuviéramos celebrando, de sobremesa, unos breves Juegos Florales, demostrar a los que encuentran atrevida o inexacta esta opinión mía, que cada libro que ha podido ser tachado de malo, se limitaba a recoger un estado de opinión cuya responsabilidad databa de mucho antes de que el autor naciera.

    Es más, el libro es, en las horas de calentura pública, lo que los médicos llamamos un absceso de fijación, es decir, una enfermedad localizada que atenúa la general. El libro sistematiza y da estructura doctrinal a las pasiones, incluso a la mala pasión. Y la neutraliza y aniquila; porque la pasión muere siempre por el pensamiento.


LA MALICIA DEL QUE ESCUCHA

    Dice un proverbio chino que la malicia no está en lo que se dice, sino en lo que se escucha. La malicia está en el ojo que ve lo que él quiere ver o al oído que percibe de la anhela su mala curiosidad. Y esos que tienen el alma turbia son los que achacan al agua clara su propia confusión. La obra de los moralistas consiste en crear en el lector el sereno criterio que le haga inmune a todo lo que no sea justo. Cuando se pueden leer los versos de Ovidio sin sentirse pecador o El Capital de Carlos Marx sin lanzarse a la calle para increpar a los burgueses, es cuando se ha logrado elevar al hombre sobre el nivel del animal, esclavo de sus instintos.

    Esto, por lo que toca los libros malos, si es que los hay, si no son, como yo creo, hasta cuando son peores, males transitorios, bomberos que apaguen el fuego aunque estropeen las casas o vacunas que producen fiebre pero evitan la gran enfermedad. Mas admitamos que hay libros malos. De todos modos, nos quedará el infinito mundo de los buenos.




EL LIBRO BUENO

    El libro bueno es el amigo ejemplar que todo lo da y que nada pide. El maestro es generoso que no regatea su saber ni se cansa de repetir lo que sabe. El fiel transmisor de la prudencia y la sabiduría antigua. El consuelo de las horas tristes. El que hace olvidar al precio su cárcel y al desterrado su nostalgia. El sedante de las grandes afanes, que van donde quiera que vayamos con nuestro dolo. El mentor de las grandes decisiones. El que ablanda nuestro corazón en los momentos de dureza, o nos vigoriza cuando empezamos a flaquear.

    Y después de ser todo esto, tiene la sobremesa grandeza de no hipotecar nuestra gratitud. Una vez leído o volvemos sencillamente a al estante o lo dejamos olvidado en el asiento de un tren. Es igual.  Ni nos pediría cuentas de lo que nos ha dado, ni nos guardará rencor si no lo hemos agradecido.

    Pensemos en lo que es una biblioteca. Cualquier otra exhibición de la inteligencia humana, por ejemplo, el más extraordinario Museo de Arte, es sólo lo que son los cuadros o los objetos preciosos y lo que sugieren el erudito y al poeta. Pero, en los estantes, donde inmóviles y como momificados se aprietan los libros, hay un mundo vivo e infinito, que no se cansa de esperar y que se nos da generosamente, sin más que alargar la mano y abrir sus páginas.

    El pasado, el presente, el porvenir, todo lo que fue y todo lo que supo su autor; y su vida y la de su tiempo; todo está allí. Y muchas cosas más que el autor va poniendo sin darse cuenta, en su papel cuando escribe. Porque a través del hilillo de la tinta, corre un flujo de humanidad palpitante, cuya fuente está en la misma divinidad. Y así, en los libros revive, lleno de fervor, y en reserva por el ímpetu de los héroes y el ingenio de los descubridores; la dudas y la cautela, la gracia y el amor; y hasta el trémulo e imperceptible vuelo de las almas que asciende a Dios, ahí está, como si acabara de brotar en un tránsito de Santa Teresa o de un sueño inefable de San Juan de la Cruz.


LA HUMANIDAD SIN LIBROS

    ¿Qué habría sido de la Humanidad sin libros? Suprimid todos los demás con la imaginación; y quedarían los hombres quizá más infelices en lo material, pero, en el fondo, con sus almas iguales a las de los hombres ahora, teniendo siempre, que este es nuestro insigne destino, hacia la perfección. Pero sin libros del amor y la bondad, el consuelo de las horas lúgubres, la fe en el porvenir y en el más allá hubiera quedado reducido a un pequeño número de privilegiados, a los santos y a los héroes. La palabra es un instrumento celeste. Pero la palabra hablada entre encerrada, para siempre, en la cárcel del espacio y el tiempo. El libro lo hace universal e inmortal.


PERFECCIÓM INICIAL DEL LIBRO

    Nada de idea a la excelencia de un libro, como, aunque parezca paradójico, su incapacidad para progresar. Repararemos que toda la obra humana está, por el hecho radical de su humana imperfección, sujeta la aspiración en inextinguible de mejorar. Solo la obra de Dios está por encima del progreso.

    Cuando salimos, estos días, de visitar la maravillosa exposición del milenio libro español, junto con el orgullo nacional, nos emociona la consideración de que el mundo que nos aguarda fuera, está lleno de maravillosos adelantos que no pudieron ni siquiera soñar los hombres insignes que escribieron y que pusieron en las prensas aquellos ejemplares de mil años atrás. Y sin embargo, el libro mismo, ha sido la varita mágica creadora del milagro, soy exactamente lo mismo que entonces, quizá en algunos aspectos peor. El libro nació perfecto. Casi como nacen las obras directas de la mano de Dios.




GENEROSIDAD DEL LIBRO

    Perdonad estos entusiasmos de un hombre que no aprendió, como el Príncipe de la leyenda, todo en los libros, sino que, después de haber aprendido todo lo que pudo en la vida, se ha dado cuenta de que no había en la vida nada que fuera mejor que lo que en los libros han dicho ya. Perdonad estos entusiasmos a un creador impenitente de libros.  Libros buenos o malos, pero engendrados por el puro afán, afán más que vanidosa intelectualidad de noble y clara artesanía, de verlos surgir de nada y de verlos correr por el mundo, sin pensar que pudieran devolverme ningún bien; como el avaro que crea su riqueza, no para ser poderoso sino por el gusto de haberla creado.

    Solo que para el autor con vocación verdadera, su riqueza, su obra, es indefectiblemente de todos; y por ello, su creación, el libro viene a ser la forma más pura y patética de la generosidad.


    Con estas palabras da por finalizada su intervención Don G. Marañón “EN LA FIESTA DE LOS LIBREROS DE MADRID” el 12 de diciembre de 1952.

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